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Vientos de Invierno 6to. libro de George R.R. Martin

Martes, 17 de enero de 2012 Dejar un comentario Ir a comentarios

THEON

Un capítulo de VIENTOS DE INVIERNO
en español

La voz del rey se ahogó con el enojo. – Usted es un peor pirata que Salladhor Saan.
Theon Greyjoy abrió sus ojos. Sus hombros estaban en fuego y no podría mover sus manos. Por la mitad de un latido del corazón él temió haber regresado en su vieja celda bajo el Fuerte Terror y que la mezcla de recuerdos dentro de su cabeza no era más que un residuo de algún sueño de fiebre. Yo estaba dormido, – él comprendió. Eso, o me desmayé del dolor. Cuando intentó moverse, girando de lado a lado, su espalda raspó contra la piedra. Él estaba colgando de una pared dentro de una torre, con sus muñecas encadenadas a un par de anillos férricos oxidados.
El aire humeaba de turba ardiente. El suelo estaba duro de suciedad condensada. Los escalones de madera ascendían dentro de las paredes al tejado. No vio ninguna ventana. La torre estaba húmeda, oscura, y desolada, sus únicos muebles eran una silla de alto respaldo y una mesa tallada que descansaba en tres caballetes. Ningún privado estaba a la vista, aunque Theon vio una olla de cámara en la alcoba en sombras. La única luz provenía de las velas en la mesa. Sus pies se balanceaban en el aire unos dos metros arriba del suelo.

- Mis deudas de hermano, – el rey estaba murmurando. – De Joffrey también, aunque esa abominación de baja cuna no era ningún pariente mío.
Theon se torció en sus cadenas. Él conocía esa voz. Stannis.
Theon Greyjoy se rió ahogadamente. Una puñalada de dolor subió por sus brazos, de sus hombros a sus muñecas. Todo lo que él había hecho, todo lo que él había sufrido, el Foso Cailin y Barrowton y Winterfell, Abel y sus lavanderas, Crowfood y sus Umbers, el viaje a través de la nieve; todo sólo había servido para intercambiar a un atormentador por otro.
- Su Gracia, – una segunda voz dijo suavemente. – Perdone, pero su tinta ha se ha helado. El Braavosi, – supo Theon. ¿Cuál era su nombre? Tycho… Tycho algo… – Quizás un poco de calor…?
- Yo sé una manera más rápida. Stannis sacó su daga. Por un instante Theon pensó que él quería apuñalar al banquero. Usted nunca conseguirá una gota de sangre de ese, mi señor, – él le podría haber dicho. El rey puso la hoja del cuchillo contra la yema de su dedo pulgar izquierdo, y cortó. – Ahí. Yo firmaré con mí propia sangre. Eso debe hacer a sus amos felices.
- Si agrada a Su Gracia, agradará el Banco de Hierro.
Stannis zambulló una pluma en el charco de sangre de su dedo pulgar y rascó su nombre en el trozo de pergamino. – Usted partirá hoy. Lord Bolton puede estar pronto sobre nosotros. No quiero que usted sea capturado en la lucha.
- Ésa también sería mi preferencia. – El Braavosi resbaló el rollo del pergamino dentro de un tubo de madera. – Espero tener el honor de llamar de nuevo a Su Gracia cuando usted se sienta en su Trono de Hierro.
- Usted espera tener su oro, quiere decir. Ahórrese sus bromas. Son monedas lo que yo necesito de Braavos, no la cortesía vacía. Dígale al guardia fuera que necesito ver a Justin Massey.
- Sería mi placer. El Banco de Hierro siempre se alegra de hacer un servicio. – El banquero se arqueó.
Cuando él salió, otro entró; un caballero. Los caballeros del rey habían estado yendo y viniendo toda la noche, recordó Theon oscuramente. Este parecía ser el familiar del rey. Enjuto, de cabello oscuro y ojos duros, su cara estropeada por las cicatrices de viruelas y cicatrices viejas, él llevaba un abrigo desvaído bordado con tres polillas. – Señor -, él anunció, – el maestre espera afuera. Y Lord Arnolf envía su palabra que él tendría el mayor agrado de desayunar con usted.
- El hijo también?
- Y los nietos. Señor Wull busca audiencia también. Él quiere…
- Yo sé lo que él quiere. – El rey indicó a Theon. – A el. Wull lo quiere muerto. Y Flint, Norrey… todos ellos lo querrán verlo muerto. Por los muchachos que él mató. La venganza por su precioso Ned.
- Usted los complacerá?
- Justo ahora, el cambia-capas tiene más uso para mí vivo. Él tiene conocimientos que podemos necesitar. Traiga a este maestre. El rey arrojó un pergamino sobre de la mesa y se entornó encima de él. Una carta, – supo Theon. Su sello roto era de cera negra, duro y brillante. Yo sé lo que dice, – pensó con una risita.
Stannis le echo una mirada. – El cambia-capas se agita.
- Theon. Mi nombre es Theon. Él tenía que recordar su nombre.
- Yo sé su nombre. Sé lo que hizo.
- Yo la salvé.- La pared exterior de Invernalia era de ochenta pies de altura, pero bajo el sitio dónde él había saltado la nieve se había amontonado a una profundidad de más de cuarenta. Una almohada blanca fría. La muchacha había llevado la peor parte. Jeyne, su nombre es Jeyne, pero ella nunca les dirá. Theon había aterrizado encima de ella, y roto algunas de sus costillas. – Yo salvé a la muchacha, – dijo. – Nosotros volamos.
Stannis resopló. – Usted se cayó. Umber la salvó. Si Mors Crowfood y sus hombres no hubieran estado fuera del castillo, Bolton habría atrapado a ambos en minutos.
Crowfood. Theon recordó. Un hombre viejo grande y poderoso, con una cara roja y una barba blanca lanuda. Él estaba sobre un caballo, vestido con la piel de un oso de nieve gigantesco, su cabeza con capucha. Debajo él llevaba un parche de cuero blanco manchado sobre el ojo que le recordó a Theon a su tío Euron. Él había querido arrancarlo de la cara de Umber, para ver si era cierto que debajo había sólo un hueco vacío, no un ojo negro que brillaba con malicia. En cambio él había lloriqueado a través de sus dientes rotos y había dicho, – yo soy…
- …un cambia-capas y un matarreyes, – Crowfood había terminado. – Sostendrás esa lengua mentirosa, o la perderás.

Pero Umber había mirado a la muchacha estrechamente, entornando hacia abajo con su ojo bueno. – Usted es la hija más joven?
Y Jeyne había asentido. – Arya. Mi nombre es Arya.
- Arya de Winterfell, sí. La última vez que yo estuve dentro de esas paredes, su cocinero nos sirvió un bistec y pastel del riñón. Hecho con la cerveza, pienso, el mejor yo alguna vez saboreé. ¿Cuál era su nombre de ese cocinero?
- Gage, – dijo Jeyne en seguida. – Él era un buen cocinero. Él preparaba los pasteles de limón para Sansa siempre que nosotros tuviéramos limones.
Crowfood había tocado su barba. – El murió ahora, supongo. Ese forjador suyo también. Un hombre que conoció su acero. ¿Cuál era su nombre?
Jeyne había dudado. Mikken, – pensó Theon. Su nombre era Mikken. El herrero del castillo nunca había hecho ningún pastel de limón para Sansa, que lo convirtió en alguien menos importante que el cocinero del castillo lejos del dulce mundo pequeño que ella había compartido con su amiga Jeyne Poole. Recuerda, maldición. Tu padre era el mayordomo, él tenía a su cargo la casa entera. El nombre del forjador era Mikken, Mikken, Mikken. ¡Yo lo mande a la muerte delante de mí!
- Mikken, – dijo Jeyne.
Mors Umber había gruñido. – Sí.
Lo qué él podría haber dicho o hecho a continuación Theon nunca lo supo, porque fue cuando un muchacho corrió, asiendo una lanza y gritando que el rastrillo en la verja principal de Invernalia estaba subiendo. Y cómo Crowfood había sonreído abiertamente a eso.

Theon se retorció en sus cadenas, y miró abajo al rey. – Crowfood nos encontró sí, él nos envió aquí a usted, pero fui yo quién la salvó. Pregúnteselo. Ella le dirá. Usted me salvó, – Jeyne había susurrado, cuando él estaba llevándola a través de la nieve. Estaba pálida por el dolor, pero ella había pasado una mano por su mejilla y le había sonreído. -Yo salvé a Lady Arya -, Theon le susurró a ella. Y entonces de repente las lanzas de Mors Umber estaban alrededor de ellos. – Es así como me agradecen? – él le preguntó a Stannis, dando de puntapiés débilmente contra la pared. Sus hombros estaban en agonía. Su propio peso estaba seccionándolos de sus arandelas. ¿Cuánto tiempo había estado colgando aquí? ¿Afuera era de noche? La torre no tenía ventana, no tenía ninguna manera de saberlo.
- Desencadenadme y yo lo serviré.
- ¿Como sirvió a Roose Bolton y Robb Stark? – Stannis resopló. – Yo pienso que no. Tenemos un fin más cálido en la mente para usted, cambia-capas. Pero no hasta que acabemos con usted.
Él quiere matarme. El pensamiento estaba confortándolo extrañamente. La muerte no asustó a Theon Greyjoy. La muerte significaría el fin para el dolor. – Acabad conmigo, entonces, – él insistió al rey. – Cortadme mi cabeza y pegadla en una lanza. Yo maté a los hijos de Lord Eddard, debo morir. Pero hágalo rápido. Él está viniendo.
- ¿Quién está viniendo? ¿Bolton?
- Lord Ramsay, – siseó Theon. – El hijo, no el padre. No debe permitirle capturarlo. Roose… Roose está seguro dentro de las paredes de Winterfell con su nueva esposa gorda. Ramsay está viniendo.
- Ramsay Snow quiere decir. El Bastardo.
- ¡Nunca llámelo así! – La saliva roció los labios de Theon. – Ramsay Bolton, no Ramsay Snow, nunca Nieve, nunca; usted tiene que recordar su nombre, o él le hará daño.
- Es bienvenido a intentarlo. Cualquier nombre que tenga.

La puerta se abrió con una ráfaga de frío viento negro y un remolino de nieve. El caballero de las polillas había vuelto con el maestre por el que el rey había enviado, sus túnicas grises ocultaban debajo una dura piel de oso. Detrás de ellos otros dos caballeros entraron, cada uno llevaba un cuervo en una jaula. Uno era el hombre que había estado con Asha cuando el banquero lo entregó a ella, un hombre corpulento con un cerdo alado en su capa. El otro era más alto, de anchas espaldas y musculoso. La coraza del hombre grande era de acero plateado embutido con níquel; aunque rasgada y magullada, todavía brillaba a la luz de las velas. La capa que llevaba encima estaba atada con un corazón ardiente.
- Maestre Tybald, – anunció al caballero de las polillas.
El maestre se hincó de rodillas. Era de cabello rojo y espalda redonda, con ojos juntos que miraron hacia Theon que colgaba de la pared. – Su Gracia. ¿Cómo puedo servirlo?
Stannis no contestó en seguida. Estudió al hombre ante él, y su frente se surcó. – Levántese. El maestre se levantó. – Usted es el maestre en Fuerte Terror. ¿Cómo es que está aquí con nosotros?
- Lord Arnolf me trajo para atender a sus heridos.
- ¿A sus heridos? ¿O sus cuervos?
- Ambos, Su Gracia.
- Ambos. – Stannis chasqueó la palabra. – El cuervo de un maestre vuela a un lugar, y un sólo a ese lugar. ¿Es eso correcto?
El maestre se secó el sudor de su frente con su manga. – N-no completamente, Su Gracia. La mayoría, sí. Solo a algunos puede enseñarse volar entre dos castillos. Se aprecian tales pájaros enormemente. Y una vez, muy raramente, encontramos un cuervo que puede aprender los nombres de tres o cuatro o cinco castillos, y volar a cada uno con la orden. Los pájaros tan diestros como esos sólo vienen una vez en cien años.
Stannis gesticuló a los pájaros negros en las jaulas. – Estos dos no son tan diestros, yo presumo.
- No, Su Gracia. Desearía que así fuese.
- Dígame, entonces. Dónde estos dos están especializados en volar?
Maestre Tybald no contestó. Theon Greyjoy dio puntapiés con sus pies débilmente, y se rió bajo su respiración. ¡Cogido!
- Contésteme. ¿Si nosotros fuéramos a soltar estos pájaros, ellos volverían al Fuerte Terror? – El rey se apoyó adelante. – ¿O ellos podrían volar en cambio a Invernalia?
Maestre Tybald se orinó en sus túnicas. Theon no podría ver la mancha oscura que se extendió desde dónde él colgaba, pero el olor de meada era afilado y fuerte.
- Maestre Tybald ha perdido su lengua, – observó Stannis a sus caballeros. – Godry, cuántas jaulas usted encontró?
- Tres, Su Gracia, – dijo el caballero grande en la coraza plateada. – Una estaba vacía.
- S-su Gracia, mi orden jura servir, nosotros…
- Yo sé sobre todos sus votos. Lo que quiero saber es lo que estaba en la carta que usted envió a Invernalia. ¿Usted le dijo por casualidad a Lord Bolton dónde encontrarnos?
- S-señor. – Tybald de espalda redonda se enderezó orgullosamente. – Las reglas de mi orden me prohíben divulgar el contenido de las cartas de Señor Arnolf.
- Sus votos son más fuertes que su ampolla, parecería.
- Su Gracia debe entender…
- ¿Yo debo? – El rey se encogió de hombros. – Si usted lo dice. Usted es un hombre para aprender, después de todo. Yo tenía un maestre en Rocadragón que era casi un padre para mí. Tengo un gran respeto por su orden y sus votos. Ser Clayton no comparte mis sentimientos, sin embargo. Él aprendió todo lo que él sabe en un lugar del Fondo de la Pulga. Si yo lo pusiera a su cargo, él podría estrangularlo con su propia cadena o podría ahuecar su ojo con una cuchara.
- Sólo uno, Su Gracia, – ofreció al caballero calvo, él del cerdo alado. – Yo dejaría el otro.
- Cuántos ojos necesita un maestre para leer una carta? – pregunto Stannis. – Uno debe bastarle, yo pensaría. Yo no desearía dejarlo incapaz de cumplir con sus deberes con su señor. Los hombres de Roose Bolton bien pueden estar en camino por lo que usted debe entender si yo escatimo ciertas cortesías. Le preguntaré una vez más. ¿Cuál fue el mensaje que usted envió a Winterfell?
El maestre temblaba. – Un m-mapa, Su Gracia.
El rey se apoyó en el respaldo de su silla. – Sacadlo de aquí, – ordenó. – Dejad los cuervos. – Una vena estaba latiendo en su cuello. – Confinad a este desgraciado gris a una de las chozas hasta que yo decida lo que se hará con él.
- Se hará, – el caballero grande declaró. El maestre desapareció en otra explosión de frío y nieve. Sólo el caballero de las tres polillas permanecía.
Stannis miró ceñudo a Theon dónde él colgaba. – Usted no es el único cambia-capas aquí, parecería. Habría sido bueno que todos los señores en los Siete Reinos tengan un solo cuello… – Él se volvió a su caballero. – Ser Richard, aunque yo estaré desayunando rápidamente con Señor Arnolf, usted desarmará a sus hombres y los tomará en custodia. La mayoría estará dormida. No les haga ningún daño, a menos que se resistan. Puede ser que ellos no lo sabían. Interrogue a algunos en ese punto… pero suavemente. Si ellos no tuvieron ningún conocimiento de esta alevosía, tendrán la oportunidad para demostrar su lealtad. – Él agitó una mano en forma de despido. – Enviad por Justin Massey.

Otro caballero, Theon supo, cuando Massey entró. Este era guapo, con una barba rubia pulcramente arreglada y el pelo espeso tan pálido que parecía más blanco que dorado. Su túnica llevaba bordada una escalera de triple caracol, un signo antiguo de una Casa antigua.
- Me dijeron que Su Gracia tenía necesidad de mí, – él dijo, doblando una rodilla.
Stannis cabeceó. – Usted escoltará al banquero de Braavosi de regreso al Muro. Escoja a seis hombres buenos y tome doce caballos.
- Montarlos o comerlos?
El rey no se divirtió. – Lo quiero ido antes del mediodía, Ser. Lord Bolton podría estar sobre nosotros en cualquier momento, y es indispensable que el banquero retorne a Braavos. Usted lo acompañará por el Mar Angosto.
- Si habrá una batalla, mi lugar está aquí con usted.
- Su lugar es donde yo digo que esta. Tengo quinientas espadas tan buenas como la suya, o mejor, pero usted tiene unas maneras agradables y una lengua locuaz, y aquéllas serán entonces de más uso para mí en Braavos que aquí. El Banco de Hierro ha abierto sus cofres para mí. Usted recolectará sus monedas y contratará naves y mercenarios. Una compañía de buena reputación, si puede encontrar una. La Compañía Dorada sería mi primera opción, si ellos ya no están bajo un contrato. Buscadlos en las Tierras Disputadas, si fuera necesario. Pero primero contratad tantas espadas como puede encontrar en Braavos, y los enviará a mí por vía de Eastwatch. Arqueros también, necesitamos más lanzas.
El pelo de Ser Justin se había caído sobre un ojo. Él lo empujó atrás y dijo, – Los capitanes de las compañías libres se unirán a un señor, Su Gracia, más prontamente que a un mero caballero. Yo no sostengo tierras ni título, ¿por qué ellos me venderán sus espadas?
- Vaya a ellos con ambos puños llenos de dragones dorados, – dijo el rey en un tono ácido. – Eso deberá demostrar ser convincente. A veinte mil hombres les debe bastar. No vuelva con menos.
- Señor, yo podría hablar libremente?
- Mientras hable rápidamente.
- Su Gracia debe ir a Braavos con el banquero.
- ¿Ése es su consejo? ¿Que yo debo huir? – La cara del rey se oscureció. – Ése también fue su consejo en el Aguasnegras como recuerdo. Cuando la batalla se volvió contra nosotros, yo le permití a usted y a Horpe arrastrarme de regreso a Dragonstone como un perro fustigado.
- El día estaba perdido, Su Gracia.
- Sí, eso fue lo que usted dijo. El día está perdido, señor. Retírese ahora, que podrá luchar de nuevo. Y ahora usted me haría huir precipitadamente lejos por el Mar Angosto…
- … para levantar un ejército, sí. Como Bittersteel lo hizo después de la Batalla del Campo de Redgrass dónde Daemon Blackfyre se quedó.
- No me parlotee a mí de historia, Ser. Daemon Blackfyre era un rebelde y usurpador, Bittersteel un bastardo. Cuando él huyó, juró que volvería para poner a un hijo de Daemon en el Trono de Hierro. Nunca lo hizo. Las palabras son el viento, y el viento raramente vuela por los destierros del Mar Angosto y los lleva de regreso. Ese muchacho Viserys Targaryen también habló del retorno. Él se resbaló a través de mis dedos en Rocadragón, sólo para consumir su vida corriendo detrás de los mercenarios. El Rey Mendigo, ellos lo llamaron en las Ciudades Libres. Bien, yo no rogaré, ni huiré de nuevo. Yo soy el heredero de Robert, el legítimo rey de Westeros. Mi lugar está con mis hombres. El suyo está en Braavos. Vaya con el banquero, y haga cuanto yo he ofrecido.
- Como usted ordene, – dijo Ser Justin.
- Puede ser que nosotros perderemos esta batalla, – el rey dijo severamente. – En Braavos usted podrá oír que yo estoy muerto. Incluso podrá ser verdad. Usted encontrará a mis mercenarios, no obstante.
El caballero dudó. – Su Gracia, si usted muere…
- …usted vengará mi muerte, y sentará a mi hija en el Trono de Hierro. O morirá en el intento.
Ser Justin puso una mano en su puño de la espada. – Por mi honor de caballero, usted tiene mi palabra.
- Oh, y llevad a la muchacha Stark con usted. Entregadla a Lord Comandante Nieve en su camino a Eastwatch. – Stannis taladró el pergamino que tenía ante él. – Un verdadero rey paga sus deudas.
Pagadle, sí, – pensó Theon. Pagadle con la moneda falsa. Jon Nieve vería enseguida a través de la impostora. Lord Stark, el triste bastardo, había conocido a Jeyne Poole, y él siempre había estado aficionado a su hermanastra la pequeña Arya.
- Los hermanos negros lo acompañarán hasta el Castillo Negro, – el rey siguió. – Los hombres de hierro permanecerán aquí, supuestamente lucharan por nosotros. Otro regalo de Tycho Nestoris. Además, ellos sólo le reducirían la velocidad. Los hombres de hierro están hechos para las naves, no para los caballos. Lady Arya debe tener una compañera hembra también. Llevad a Alysane Mormont.
Ser Justin empujó atrás de nuevo su cabello. – ¿Y Lady Asha?
El rey consideró eso por un momento. – No.
- Un día Su Gracia necesitará tomar las Islas de Hierro. Eso irá muy más fácil con la hija de Balon Greyjoy como un rehén, y con uno de sus propios hombres leales como su señor marido.
- ¿Usted? – El rey frunció el ceño. – La mujer esta casada, Justin.
- Un matrimonio por poder, nunca consumado. Fácilmente anulado. El novio es viejo además. Podría morirse pronto.
De una espada a través de su barriga si haces eso, Ser gusano. Theon conocía estos pensamientos de los caballeros.
Stannis apretó sus labios juntos. – Servidme bien en esta materia de los mercenarios, y usted podrá tener eso que desea. Hasta ese momento, es necesario que la mujer siga siendo mi cautiva.
Ser Justin arqueó su cabeza. – Comprendo.
Que sólo parecía irritar al rey. – Su comprensión no se requiere. Sólo su obediencia. Póngase en camino, Ser.
En este momento, cuando el caballero tomó su permiso, el mundo más allá de la puerta parecía más blanco que negro. Stannis Baratheon recorrió el suelo. La torre era pequeña, húmeda y apiñada. Unos pasos trajeron al rey cerca de Theon. – ¿Cuántos hombres tiene Bolton en Invernalia?
- Cinco mil. Seis. Más. – Él le dio al rey una mueca horrible, con todos los dientes destrozados y astillados. – Más que usted.
- ¿Cuántos de ellos enviará contra nosotros y como?
- No más de la mitad. – Ésa era una suposición, pero se sentía correcta. Roose Bolton no era un hombre para tropezar ciegamente fuera en la nieve, con un mapa o no. Él mantendría su fuerza principal en reserva, guardando a sus mejores hombres con él, confiando en la doble pared maciza de Winterfell. – El castillo estaba demasiado atestado. Los hombres estaban cerca de cada garganta, los Manderlys y los Freys, sobre todo. Serán ellos a los que su señoría enviará por usted, para librarse de ellos.
- Wyman Manderly. – La boca del rey torció con desprecio. El Señor Demasiado-gordo-para-subirse-al-caballo. También demasiado gordo para venir a mí, pero él va a Invernalia. También es gordo doblar la rodilla y jurarme su espada, pero ahora él empuña esa espada para Bolton. Yo envié a mi Señor de la Cebolla para tratar con él, y el Señor Demasiado-Gordo lo mató y montó su cabeza y manos en los muros de Puerto Blanco para que los Freys se burlen encima. Y los Freys… hicieron la Boda Roja, ¿se le olvidó?
- El norte recuerda. La Boda Roja, los dedos de Lady Hornwood, el saqueo de Invernalia, Bosque Profundo Motte y el Torreón de Torrhen, ellos recuerdan todo. Bran y Rickon. Ellos sólo eran los muchachos del molinero. – Frey y Manderly nunca combinarán sus fuerzas. Ellos vendrán por usted, pero separadamente. Lord Ramsay no estará lejos detrás de ellos. Él quiere a su novia de regreso. Él quiere a su Hediondo. – La risa de Theon era mitad una risa disimulada, mitad un gimoteo. – A Lord Ramsay es a quien Su Gracia debe temer.
Stannis se erizó al oír eso. – Yo derroté a su tío Victarion y su Flota de Hierro fuera de la Isla Justa, la primera vez que su padre se coronó. Yo sostuve el Bastión de Tormentas contra el poder del Dominio (Reach) por un año, y tomé Rocadragón de los Targaryens. Yo quebré a Mance Rayder en el Muro, aunque él tenía veinte veces el número de mis hombres. Dígame, cambia-capas, ¿qué batallas el Bastardo Bolton ha ganado alguna vez para que yo deba temerle?
¡No debe llamarlo así! Una ola de dolor cayó encima de Theon Greyjoy. Él cerró sus ojos e hizo muecas. Cuando los abrió de nuevo, dijo, – Usted no lo conoce.
- No más de lo que él me conoce.
- Me conoce, – chilló uno de los cuervos que el maestre había dejado detrás después de haber salido. Batió sus grandes alas negras contra las barras de su jaula. – Conoce, – chilló de nuevo.
Stannis se volvió. – Basta con ese ruido.

Detrás de él, la puerta se abrió. Los Karstark habían llegado.
Doblado y torcido, el castellano de Karhold se apoyaba pesadamente en su bastón cuando caminó hacia la mesa. La capa de Señor Arnolf era de fina lana gris, con bordes de sable negro y abrochada con una estrella color de plata. Una prenda rica, – Theon pensó, – una defensa pobre para un hombre. Él había visto esa capa antes, él supo, así como él había visto al hombre que la llevó. En el Fuerte Terror. Yo recuerdo. Él se sentó y cenó con Lord Ramsay y Whoresbane Umber, la noche que ellos trajeron a Hediondo de su celda.
El hombre al lado de él sólo podría ser su hijo. Cincuenta años, Theon juzgó, con una redonda cara suave igual a su padre, si Señor Arnolf fuera a engordar. Detrás de él tres hombres más jóvenes entraron. Los nietos, él conjeturó. Uno llevaba una malla de cadenas. El resto se vistió para el desayuno, no para la batalla. Necios.
- Su Gracia. – Arnolf Karstark arqueó su cabeza. – Un honor. – Él buscaba un asiento. En cambio sus ojos encontraron a Theon. – ¿Y quién es este? – El reconocimiento vino un segundo después. Lord Arnolf palideció.
Su estúpido hijo permanecía abstraído. No hay ninguna silla, – el idiota observó. Uno de los cuervos gritó dentro de su jaula.
- Sólo la mía. – Rey Stannis se sentó. – No es ningún Trono de Hierro, pero aquí y ahora me satisface. Una docena de hombres habían aguardado a través de la puerta de la torre, llevados por el caballero de las polillas y el hombre grande en la coraza plateada. – Usted es un hombre muerto, entienda eso, – el rey siguió. – Sólo la manera de sus agonizantes restos será determinada. Le aconsejaría que mejor no perdiera mi tiempo con las negativas. Confiese, y usted tendrá el mismo fin veloz que el Lobo Joven dio a Lord Rickard. Mienta, y usted arderá. Escoja.
- Yo escojo esto. – Uno de los nietos asió el puño de su espada y intentó sacarla.
Eso demostró ser una opción pobre. La hoja del nieto no había dejado su vaina ni siquiera antes de que dos de los caballeros del rey estaban sobre él. Uno cortó su antebrazo echándolo en la suciedad y sangre brotando de su tocón, y uno de sus hermanos tropezó en los escalones, asiendo una herida de la barriga. Él se tambaleó unos seis pasos antes de que cayera y bajó chocando al suelo.
Ni Arnolf Karstark, ni su hijo se habían movido.
- Lléveselos, el rey ordenó. – La vista de ellos agria mi estómago. – En pocos momentos, los cinco hombres habían estado sujetados y alejados. El que había perdido su brazo se había desmayado por la pérdida de sangre, pero su hermano con la herida en la barriga gritó bastante ruidosamente por ambos. – Así es cómo yo trato la traición, cambia-capas, – le informó Stannis a Theon.
- Mi nombre es Theon.
- Como usted quiera. Dígame, Theon, ¿cuántos hombres tenía Mors Umber con él en Invernalia?
- Ninguno. Ningún hombre. – Él sonrió abiertamente a su propio ingenio. – Él tenía muchachos. Yo los vi. – Aparte de un manojo de sargentos medio lisiados, los guerreros que Crowfood había arrastrado desde el Último Hogar (Last Hearth) eran escasamente adultos para afeitarse. – Sus lanzas y hachas eran más viejas que las manos que las asían. Era Whoresbane Umber el que tenía los hombres dentro del castillo. Yo los vi también. Hombres viejos, cada uno. – Theon se reía disimuladamente. – Mors tomó a los muchachos verdes y Hother tomo a los barbas grises. Todos los verdaderos hombres fueron con Greatjon y se murieron en la Boda Roja. ¿Eso es lo que usted quería saber, Su Gracia?
Rey Stannis ignoró la risa. – Muchachos, – fue todo que él dijo, disgustado. – Los muchachos no sostendrán a Lord Bolton mucho tiempo.
- No mucho, – Theon estaba de acuerdo. – No mucho en absoluto.
- No mucho, – chilló el cuervo de su jaula.
El rey lanzó una mirada irritada al pájaro. – Ese banquero de Braavos declaró que Ser Aenys Frey está muerto. ¿Algún muchacho hizo eso?
- Veinte muchachos verdes, con las picas, – Theon le dijo. – La nieve cayó pesadamente durante días. Tan pesadamente que usted no pudiera ver las paredes del castillo más lejos de diez pasos, no más que los hombres en las almenas podrían ver lo que estaba pasando más allá de esas paredes. Así que Crowfood puso a sus muchachos a excavar los hoyos fuera de las verjas del castillo, entonces voló su cuerno para atraer al Señor Bolton fuera. En cambio él consiguió a los Freys. La nieve había cubierto a los hoyos, así que ellos cayeron justo dentro en ellos. Aenys se rompió el cuello, yo lo oí, pero Ser Hosteen sólo perdió un caballo, lamentablemente. Él estará furioso ahora.
Extrañamente, Stannis sonrió. – Los enemigos furiosos no me preocupan. El enojo hace a los hombres tontos, y Hosteen Frey era estúpido desde el comienzo, si la mitad de lo que yo he oído hablar de él es verdad. Permitidle venir.
- Lo hará.
- Bolton se ha equivocado, – el rey declaró. – Todo lo que él tenía que hacer era sentarse dentro de su castillo aunque nosotros hambreamos. En cambio él ha enviado adelante a alguna porción de su fuerza para darnos batalla. Sus caballeros vendrán a caballo, los nuestros deben luchar a pie. Sus hombres se nutrirán bien, los nuestros entran en la batalla con las barrigas vacías. Eso no importa. Ser Estúpido, Señor Demasiado-Gordo, el Bastardo, que vengan. Nosotros sostenemos la tierra, y yo quiero que se vuelva nuestra ventaja.
- ¿La tierra? – pregunto Theon. – ¿Qué tierra? ¿Aquí? ¿Este miserable torreón? ¿Este infeliz pueblo pequeño? Usted no tiene tierra alta aquí, ninguna pared para esconderse más allá, ninguna defensa natural.
- Todavía.
- Todavía, – ambos cuervos gritaron al unísono. Entonces uno y el otro murmuró, – Un árbol, un árbol, árbol.
La puerta se abrió. Más allá, el mundo era blanco. El caballero de las tres polillas entró, sus piernas se endurecieron con la nieve. Él sacudió sus pies para arrojarla y dijo, -Su Gracia, los Karstarks fueron apresados. Unos de ellos se resistió y murió. La mayoría estaba demasiado desconcertada, y se rindió calladamente. Nosotros los hemos reunido en rebaño a todos en el salón y los hemos confinado allí.
- Bien hecho.
- Ellos dicen que no supieron. Los que nosotros hemos interrogado.
- Es posible.
- Podríamos interrogarlos más duramente…
- No. yo les creo. Karstark nunca podría esperar guardar su alevosía en secreto si él compartió sus planes con cada gato de baja cuna en su servicio. Algunos arponeros ebrios le habrían permitido equivocarse alguna noche poniéndolos con una prostituta. Ellos no necesitaron saber. Son los hombres de Karhold. Cuando el momento llegó, ellos habrían obedecido a sus señores, como habían hecho todas sus vidas.
- Como usted diga, Señor.
- Qué de sus propias pérdidas?
- Murió uno de los hombres de Lord Peasebury, y dos de los míos están heridos. Si agrada a Su Gracia, sin embargo, los hombres están volviéndose ansiosos. Hay centenares de ellos reunidos alrededor de la torre, preguntándose lo que está pasando. Hablan de traición en cada boca. Nadie sabe quién en quien confiar, o quién podría ser arrestado luego. El norteño sobre todo…
- Yo necesito hablar con ellos. Wull todavía está esperando?
- Él y Artos Flint. ¿Usted los verá?
- Brevemente. Al kraken primero.
- Como usted ordene. – El caballero salió.

Mi hermana, Theon pensó, – mi dulce hermana. Aunque él había perdido toda la sensibilidad en sus brazos, él sentía retorcijones en su intestino, igual que cuando ese banquero de Braavos pálido lo presentó a Asha como un regalo. En la memoria todavía sentía la grosería. El caballero corpulento, calvo que estaba con ella no gastó tiempo gritando por ayuda, por lo que ellos habían tenido no más que unos momentos, antes de que Theon fuera arrastrado lejos para enfrentar al rey. Fue tiempo suficiente. Él había odiado la mirada en la cara de Asha cuando ella comprendió quién era él; el susto en sus ojos, la piedad en su voz, la manera que su boca se torció por la aversión. En lugar de apresurarse para abrazarlo, ella había retrocedido la mitad de un paso. – ¿El Bastardo te hizo esto? – ella había preguntado.
- No lo llames así. – Entonces las palabras vinieron, derramándose de Theon de prisa. Él intentó decirle todo, sobre Hediondo y el Fuerte Terror y Kyra y las llaves, cómo Lord Ramsay nunca tomó algo, excepto la piel, a menos que uno le rogaba. Él le dijo cómo él había salvado a la muchacha, brincando del muro del castillo en la nieve. – Nosotros volamos. Permitid a Abel hacer una canción de eso, nosotros volamos. – Entonces él tenía que contarle quién era Abel, y hablar sobre las lavanderas que no eran de verdad lavanderas. Por entonces Theon supo lo extraño e incoherente que todo esto parecía, pero, de algún modo, las palabras no se detenían. Él tuvo frío y estaba enfermo y cansado… y débil, tan débil, muy débil.
Ella tiene que entender. Ella es mi hermana. Él nunca quiso hacer algún daño a Bran o Rickon. Hediondo le hecho matar a esos muchachos, no él Hediondo, sino el otro. – Yo no soy ningún matarreyes, – él insistió. Él le dijo cómo se acostaba con las perras de Ramsay, le advirtió que Invernalia estaba llena de fantasmas. – Las espadas desaparecieron. Cuatro, pienso, o cinco. Yo no recuerdo. Los reyes de piedra están enfadados. – Él se estaba agitando por entonces, temblando como una hoja del otoño. – El árbol del corazón supo mi nombre. Los dioses viejos. Theon, yo oí que ellos susurraron. No había ningún viento pero las hojas se estaban moviendo. Theon, ellos dijeron. Mi nombre es Theon. – Era bueno decir el nombre. El lo dijo más veces, menos es como si él pudiera olvidarlo. – Tienes que saber tu nombre, – le había dicho a su hermana. – Tu… tu me has dicho que era Esgred, pero ésa era una mentira. Tu nombre es Asha.

- Lo es , – su hermana había dicho, tan suavemente que él tuvo miedo que ella podría llorar. Theon odió eso. Él odiaba el llanto de las mujeres. Jeyne Poole había llorado todo el camino de Winterfell hasta aquí, lloró hasta que su cara fue purpúrea como una remolacha y las lágrimas se habían helado en sus mejillas, y todo porque él le dijo que ella debe ser Arya, o el resto de los lobos podrían enviarles de regreso. – Ellos te adiestraran para un burdel, – él le recordó, susurrando en su oído para que los otros no pudiesen oírlo. – Jeyne es lo mas cercano a una prostituta, debes seguir siendo Arya.- Él no quería herirla. Era para su propio bien y el suyo. Ella tiene que recordar su nombre. Cuando la punta de su nariz se puso negra de hielo, y uno de los jinetes de la Guardia de la Noche le dijo que ella podría perder un trozo de él, Jeyne había llorado por eso también. – Nadie se preocupará lo que Arya parece, mientras ella sea la heredera de Invernalia, – él le aseguró. – Cien hombres querrán casarse contigo. Mil.

La memoria hizo que Theon se retorciera en sus cadenas. – Bajadme, él suplicó. – Solo un poco, entonces usted podrá colgarme de nuevo. – Stannis Baratheon lo miró, pero no contestó.
- Árbol, árbol, árbol, – un cuervo lloró. – Árbol, árbol, árbol.
Entonces otro pájaro dijo, – Theon, claro como el día, cuando Asha llegó, cruzando la puerta.
Qarl la Sirvienta estaba con ella, y Tristifer Botley. Theon había conocido a Botley desde que ellos eran muchachos, allá en Pyke. ¿Por qué ella ha traído sus mascotas? ¿Ella quiere liberarme? Ellos acabarían de la misma manera que los Karstarks, si ella lo intentara.
El rey también estaba disgustado por su presencia. – Sus guardias pueden esperar afuera. Si yo quisiera hacerle daño a usted, dos hombres no me disuadirían.
Los hombres de hierro arquearon sus espaldas y se retiraron. Asha dobló una rodilla. – Su Gracia. ¿Mi hermano debe estar encadenado así? Parece un premio pobre por traerle a la muchacha Stark.
La boca del rey estiró bruscamente. – Usted tiene una lengua intrépida, mi señora. No diferente de la de su hermano cambia-capas.
- Gracias, Su Gracia.
- No era un cumplido. – Stannis le lanzó una mirada larga a Theon. – Al pueblo le falta un calabozo, y yo tengo más prisioneros de lo que anticipé cuando nos detuvimos aquí. – Él señaló a Asha. – Levantaos.
Ella se puso de pie. – El Braavosi rescató a siete de mis hombres de Lady Glover. Yo podría gustosamente pagar un rescate por mi hermano.
- No hay suficiente oro en todas sus Islas de Hierro. Las manos de su hermano están empapadas con sangre. Farring está instándome que lo entregue a R’hllor.
- Clayton Suggs también, no dudo.
- Él, Corliss Penny, y todo el resto. Incluso Ser Richard aquí, quién sólo ama al Señor de Luz cuando satisface sus propósitos.
- El coro del dios rojo sólo sabe una sola canción.
- Mientras la canción está agradando a los oídos de dios, permitidles cantar. Los hombres de Lord Bolton estarán más pronto aquí de lo que desearíamos. Sólo Mors Umber estará entre nosotros, y su hermano me dice que su hueste esta hecha completamente de reclutas verdes. A los hombres les gusta conocer que su dios está con ellos cuando van a batallar.
- No todos sus hombres rinden culto al mismo dios.
- Yo soy consciente de esto. No soy el necio que mi hermano era.
- Theon es el ultimo hijo sobreviviente de mi madre. Cuando sus hermanos murieron, eso la destrozó. Su muerte aplastará los restos de ella… pero no he venido a pedir por su vida.
- Muy sabio. Yo lo siento por su madre, pero no salvo las vidas de cambia-capas. De este, sobre todo. Él asesinó a dos hijos de Eddard Stark. Cada norteño en mi servicio me abandonaría si yo le muestro cualquier clemencia. Su hermano debe morir.
- Entonces hágalo usted mismo, Su Gracia. – El frío en la voz de Asha hizo a Theon estremecerse en sus cadenas. – Sacadlo por el lago a la isleta dónde crece el bosque de azud, y corte su cabeza con esa espada mágica suya. Así es cómo Eddard Stark lo habría hecho. Theon mató a los hijos de Lord Eddard. Entregadlo a los dioses de Lord Eddard. A los dioses viejos del norte. Entregadlo al árbol.

Y de repente allí llegó un salvaje golpeteo, cuando los cuervos del maestre brincaron dentro de sus jaulas y batieron sus plumas negras que volaban cuando ellos golpeaban contra las barras con los graznidos fuertes y ásperos.
- El árbol, – uno graznó, – el árbol, el árbol, – aunque el segundo sólo gritó, – Theon, Theon, Theon.
Theon Greyjoy sonrió. Ellos saben mi nombre, – pensó él

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